Hay cosas que creo que entiendo pero estoy segura que no entiendo.
La muerte es injusta. Se lleva al sano, al joven, al bueno y también al enfermo, al viejo y al malo. Avisa pero también se tropieza con uno o con los de uno por accidente. Es natural pero tenebrosa. Pareciera que está ahí; al acecho desde que nacemos para asegurarnos que nadie es imprescindible. Que después de uno las cosas continúan y hasta nos olvidan.
Si la vida fuera un absurdo entre dos nadas, me pregunto si la última nada es similar a la primera. Si morir es como no haber nacido. Como algo que se desconecta, que se apaga.
¿A dónde se va todo lo que no fue cuando alguien muere? Lo que podría haber sido de él, las decisiones que no tomó, la vida que no eligió, los hijos que no tuvo, el amor que no conoció, las lágrimas que ojalá hubiera podido tener la oportunidad si quiera de derramar.
¿Quién vela por los que se quedan llorando al muerto? Los que sienten que pasó por descuido, que les falló el milagro, que estaba en el lugar equivocado, que seguramente habrá un culpable.
Sin duda, me da más miedo aún la inmortalidad. No sabría decir cuál sería la moneda corriente del amor y del otro en un mundo de eternos. En un mundo donde el tiempo no destruya nada. Y haya algo que no exista la posibilidad de que pase. Supongo que la muerte es una seguridad triste, pero una al fin.
La muerte se parece a los entierros, no a los velorios. La gente está tranquila mientras el muerto está cerca y desespera cuando se lo quitan. En enero tuve un sueño. Soñé que estaba en un velorio y la muerta yacía en el ataúd pero también caminaba entro nosotros; los vivos. Todos se extrañaban de mi horror al verla de pie en la multitud. Supongo que es una buena metáfora de lo que es un velorio. Y ¿los entierros? Es algo con lo que prefiero no soñar.
¿Tendrá sentido planificar el entierro de uno? Supongo que a los creyentes les importa poco; como son mayoría generalmente se hace lo que está dicho que se haga. Se les pone una cruz sobre la cabeza y un cura que no los conoció para hable del sufrimiento y de un Paraíso con jerarquías. A los ateos nos cuesta un poco más; porque ya no estamos para asegurarnos de que nos dejen ser coherentes hasta el final. Curiosamente nos pasa lo mismo en los nacimientos de los nuestros. Como somos ateos y para la mayoría eso no es una elección, es más bien nada; creen que a uno le da igual que le bauticen a los seres queridos. Quizás si mintiéramos que nuestra ideología es una religión obtendríamos algún poco de respeto. Quizás no.
Parece que uno quiere ser uno hasta el final y cuando este pase, asegurarse de que lo siguió siendo al menos un tiempo más.
A lo mejor lo feliz de la muerte sea llegar a ese momento sin sentir que uno eligió mal. Morir tranquilo sin rogar una oportunidad de rectificar las cosas para ser feliz algún tiempo de todo el que desperdició. Morir siendo querido, dejando seres queridos que nos recuerden, al menos por un tiempo -el que les quede a ellos-, con cariño. Haber dejado un objeto que huela a nosotros, algún consejo que hayamos dado y que haya tenido buen final -al menos uno de millones-. Si a mí me aseguraran que yo moriría así, supongo que no me daría tanto miedo morir. Si todos los que murieran, se murieran así, no lloraría tanto por todos los que el tiempo nos quita. Pero bueno,ya dijimos, la muerte no siempre es justa.
viernes, 6 de marzo de 2009
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Totalmente
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