Intentamos no subir juntas a ese taxi. Yo me puse a parlotear un monólogo improvisado sobre lo poco práctico que era tomar un auto, pudiendo volver a casa en ómnibus. Ella rápidamente se unió a mi discurso de la diferencia de centavos entre uno y otro transporte y el tema de la seguridad. Para no tener nada en común, ni siquiera un poco de cariño por lo vivido, me sorprendió la rapidez y coordinación que empeñamos juntas para no estar -justamente- juntas en ese taxi. Pero papá me miró fijo y me dijo "tomá la plata; yo me quedo más tranquilo si van en auto". No había más qué hacer.
El abuelo nos llevó hasta la avenida y nos paró un taxi. Yo en ese momento no sabía si se trataba de un acto de amor y cuidado o un intento censor de asegurarse encarcelarnos juntas todo un viaje al centro. Ella le dijo al conductor el camino que íbamos a tomar y luego de intentar adivinar la dirección de mi casa, optó por preguntármela. Tiene cosas más importantes en su mente supongo. El auto arrancó y la vi con el rabillo del ojo tan encorvada en su tensión, con sus hombros en aducción, sus manos delgadas entre las piernas y su mirada fija en las zandalias y no pude evitar sentirla frágil. Acordarme de lo vivido, del cariño sentido alguna vez, de los bien intencionados en común y del pánico que pudiera tenerme como para estar lista para saltar en cualquier esquina de ser necesario. Eso último me dio un poco de culpa.
Le dije un poco apesadumbrada "y...¿cuándo te operan de los ojos?". Ya no me quedaba elocuencia para improvisar algo mejor después del monólogo desesperado, que me había dejado exhausta en el almuerzo. Hablamos de eso; de la operación, del postoperatorio, de su ansiedad, del cumpleaños número 95 de la pareja de su abuela, de la facultad y los ojos. Hasta tuvimos una que otra mueca para con la otra.
Finalmente el taxi paró frente a la casa de su abuela y nos despedimos en un tono gris pero cordial; sin mirarnos a los ojos. Ella se bajó y yo seguí camino a mi casa; pensando en si debía o no visitarla después de la operación, por haber hipotecado un pedazo de deber sanguíneo con esa charla.
domingo, 23 de marzo de 2008
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3 comentarios:
Es tan triste esa situación. Yo quisiera tener una como ella que me asegure por deber de sangre que no voy a estar sola cuando realmente lo este.
Siempre la recuerdo sentada en el sillon de tu casa de aqui (ese que nos cansabamos de desplumar) pidiendonos que la ayudemos a ponerse las medias cancan de lana y arriba el jean para disimular la flacura de sus piernas.
Si vas a visitarla que sea por lo que fueron y no por deber.
PD: no hace falta que te quedes mucho tiempo, media horita alcanza!
Ah! tonta!
me acabo de acordar que te menciono de pasadita en un post y nunca te conté! jaja
http://sobran-palabras.blogspot.com/2008/02/hoy-amor-como-siempre.html
Ahi ta!
me acuerdo mucho de esas cosas, ese episodio particular fue en el departamento que tenían en el centro. Y esa misma tarde tu mama nos llevó a la peatonal y nos compró los ruidosos tikitaka (o algo así). Despues de un rato nos mandó afuera a usarlos jaja.
Para estas cosas tengo buena memoria, para saber que hice ayer no.
La verdad es que ni me lo plantié. No llamé pero pregunté a terceros y está todo bien, porque somos cordiales y tenemos charlas así y por fin tenemos una relación recíprova y honesta.
Ahora...no? QUE BUENA MEMORIA!! Yo también me acuerdo de esos momentos...Quiero releer todos los libros de La Calle de Terror...posta! jajajajajaj
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